Por: Hugo Jaime Zurek
Con más de 20 años de experiencia en transformación digital e innovación. Hoy es Gerente General Grupo Punto Aliado de Colombia. Ex VP de Open Finance, Channels & Cybersecurity de Tuya SA. Hugo se ha desempeñado cargos de liderazgo en áreas como transformación digital, business intelligence, estrategia de negocio y marketing.
Hay una satisfacción peligrosa en el aire del sector financiero latinoamericano. La de quien mira las cifras de los últimos años, miles de fintech nuevas, pagos que se mueven en segundos, inversión que crece a contracorriente del mundo y concluye que el trabajo está hecho. No lo está. Apenas hicimos la parte fácil. La difícil, la que de verdad mide si un sistema financiero sirve para algo más que para sí mismo, sigue casi intacta.
Conviene reconocer primero lo que sí ocurrió, porque fue notable. En pocos años la región dejó de ser un territorio donde hablar de servicios financieros era hablar, en automático, de bancos. El centro de gravedad se movió. Aparecieron jugadores que resolvieron fricciones que la banca tradicional había tratado como costos sin retorno: abrir una cuenta sin fila, transferir sin comisión, cobrar sin datáfono. Los pagos inmediatos son el mejor ejemplo de cómo una decisión de infraestructura puede cambiar la vida cotidiana de millones: en once países de la región se multiplicaron por 130 entre 2017 y 2024, y ese año superaron por primera vez a las tarjetas. Pix, en Brasil, lo usa más del 76% de la población. Es un logro real, no una narrativa de marketing.
Pero aquí empieza la incomodidad. Que el dinero se mueva más rápido no significa que llegue a más manos. Que existan más cuentas no significa que esas cuentas sirvan. La tenencia de una cuenta en América Latina pasó del 54% de los adultos en 2017 a cerca del 70% en 2024, según el Global Findex del Banco Mundial. Es un avance, sí, pero todavía estamos por debajo del promedio de las economías de ingreso medio. Y detrás de ese promedio se esconde lo que la celebración prefiere no mirar: millones de personas que tienen una billetera digital y siguen viviendo en efectivo, porque nadie les explicó para qué sirve lo que les dieron, o porque la oferta nunca estuvo diseñada para su realidad.
El efectivo es el síntoma más honesto de todo esto. No persiste por nostalgia ni por desconfianza irracional. Persiste porque para buena parte de la región sigue siendo la herramienta que no falla, la que no cobra, la que no exige un historial que nunca se pudo construir. Mientras una parte del país paga el café con el teléfono, otra parte resuelve su economía completa por fuera del sistema, en la informalidad, con el gota a gota o sin red alguna. El sistema financiero puede sentirse moderno, pero un país donde el efectivo sigue mandando en los márgenes es un país donde la modernización se quedó en la superficie.
Y está el crédito, que es donde se juega la dignidad de verdad. Abrir cuentas es relativamente barato. Prestar bien es difícil, costoso y exige asumir riesgo con quien no tiene cómo demostrar que es confiable. Por eso el crédito sigue siendo el privilegio mejor custodiado del sistema: el acceso a financiamiento en la región avanzó mucho menos que el acceso a cuentas. Y ahí está la pregunta que el entusiasmo no puede silenciar: ¿de qué sirve incluir a alguien en el sistema si lo único que le ofrecemos es guardar el poco dinero que tiene, pero no la posibilidad de pedir prestado para emprender, estudiar o salir adelante? Esa no es inclusión. Es una sala de espera.
Aquí es donde el sector debe asumir una responsabilidad que la tecnología no puede delegar. Durante años se nos dijo que el problema de la inclusión era de recursos o de infraestructura. Creo que es una mentira cómoda. El problema fue, y sigue siendo, de diseño y de voluntad. Cuando se quiso, se diseñó un sistema de pagos que llegó al 76% de un país en cuatro años. Lo que falta no es capacidad técnica. Lo que falta es la decisión de aplicar esa misma ambición al crédito honesto, a la educación financiera real, a la transparencia en las condiciones, a productos pensados desde la necesidad de quien menos tiene y no desde el margen de quien más sabe.
Porque la inclusión financiera no es un indicador para presumir en un informe. Es infraestructura de desarrollo. Un país con crédito bien otorgado crea empresas. Un país que saca a su gente del efectivo y la sobreendeuda, o la incluye solo para cobrarle, no avanza: traslada el problema. La diferencia entre un sistema financiero que dinamiza una economía y uno que solo la administra está exactamente ahí, en si la inclusión sirve para que las personas cumplan proyectos o solo para engrosar una estadística.
El sector financiero latinoamericano ha hecho mucho y merece reconocerlo. Pero el verdadero examen no es cuántas cuentas abrimos ni cuántos pagos procesamos por segundo. Es si, dentro de diez años, una madre en un municipio pequeño podrá pedir un crédito justo para su negocio con la misma facilidad con que hoy paga su mercado. Si la respuesta sigue siendo no, habremos construido un sistema más rápido, más moderno y más rentable, que falló justo en lo único que le daba sentido. La parte fácil ya la hicimos. Ahora viene la que importa.