Por: Redacción eBanking News
Chile, 8 de Mayo de 2026 – Durante la XVII Conferencia anual de Banco BCI estuvo presente Richard Haass, President Hemeritus, Council, on Foreign Relations – USA, quien analizó el nuevo contexto geopolítico en el mundo.
Dejamos los puntos relavantes de la charla de Richard Haass
El rol del arquitecto global
Durante ocho décadas el mundo operó bajo una lógica relativamente estable. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial existía un orden internacional sostenido, en gran medida, por Estados Unidos: alianzas, instituciones multilaterales, rutas comerciales y reglas compartidas. La tesis central de esta exposición es que ese ciclo histórico terminó. El mundo ya no vive una transición gradual, sino un verdadero desplazamiento de placas tectónicas geopolíticas.
Estados Unidos, según Richard Haass, dejó de querer desempeñar el rol de arquitecto y garante del orden global. No se trata de aislamiento absoluto, sino de un giro hacia un comportamiento más unilateral y menos comprometido con alianzas e instituciones internacionales. Y el problema es que no existe hoy otra potencia capaz o dispuesta a reemplazar ese liderazgo. El resultado es un mundo más fragmentado, impredecible y competitivo.
China y Rusia: Dos caras de un mismo desafío
En ese contexto, Rusia aparece como una potencia “revolucionaria”, en el sentido de que desafía abiertamente las normas internacionales construidas tras la Guerra Fría, especialmente la idea de que las fronteras no pueden modificarse por la fuerza. La guerra en Ucrania representa precisamente eso: el cuestionamiento directo del orden internacional. Sin embargo, el expositor considera positivo que Ucrania, con apoyo europeo y parcialmente estadounidense, haya logrado frenar a Rusia, evitando que este comportamiento se transforme en un precedente normalizado.
China, en cambio, ocupa un lugar distinto. A diferencia de Rusia, China es profundamente dependiente de la estabilidad global porque necesita comercio, energía y mercados para sostener su crecimiento. Por eso describe a China como una potencia de “doble personalidad”: revisionista en su región —Taiwán, Mar del Sur de China—, pero conservadora respecto del sistema económico mundial. China quiere modificar el equilibrio de poder, pero sin destruir la estabilidad que le permite prosperar.
El discurso también enfatiza que vivimos una dispersión del poder sin precedentes. Durante la Guerra Fría, el poder estaba concentrado en dos polos claros: Washington y Moscú. Hoy el poder económico, tecnológico, militar y nuclear está mucho más distribuido. Y eso hace al sistema internacional mucho más difícil de ordenar y controlar.
La tecnología como motor y riesgo
Uno de los puntos más interesantes es el impacto de las nuevas tecnologías. El expositor sostiene que sistemas baratos, descentralizados y relativamente simples pueden desafiar estructuras gigantescas y costosas. La asimetría se vuelve central: pequeños actores pueden generar enormes daños. Terrorismo, ciberataques, biotecnología y drones son ejemplos de cómo capacidades limitadas pueden alterar sistemas enteros.
Por eso menciona el caso del Estrecho de Ormuz. No basta con que físicamente esté abierto; el problema es la confianza. Si aseguradoras, tripulaciones o navieras sienten que existe riesgo, el comercio se paraliza igual. En el mundo contemporáneo, pequeñas amenazas pueden producir efectos sistémicos gigantescos.
Otro eje crítico es la deuda. Estados Unidos ya gasta más en intereses de deuda que en defensa. Y eso, afirma, no es solo un problema financiero: es un freno estructural al crecimiento y a la capacidad estratégica de Occidente.
Sobre cambio climático, su visión es particularmente dura. Sostiene que los gobiernos privilegian permanentemente lo urgente sobre lo importante. Las crisis inmediatas desplazan la agenda climática. Y por eso cree que las soluciones reales no vendrán de las grandes cumbres diplomáticas —que considera esencialmente ineficaces— sino de la tecnología: baterías, innovación energética, ingeniería climática y nuevos desarrollos científicos.
De hecho, usa la pandemia como ejemplo. Según él, el COVID-19 no se resolvió gracias a la cooperación internacional, sino gracias a la innovación tecnológica: vacunas mRNA y plataformas digitales como Zoom. Su conclusión es clara: las tecnologías están avanzando mucho más rápido que las capacidades regulatorias de los Estados.
La inteligencia artificial ocupa un lugar central en su análisis. Cree que será prácticamente imposible construir un acuerdo global para controlar la IA equivalente a los acuerdos nucleares. ¿La razón? La IA es demasiado descentralizada, demasiado dinámica y demasiado importante como ventaja competitiva. Ningún país querrá quedarse atrás. Por eso plantea una idea inquietante: probablemente necesitaremos usar inteligencia artificial para contener los riesgos creados por la propia inteligencia artificial.
El “Superpetrolero” demográfico y el auge del populismo
Otro fenómeno estructural es la demografía. Aquí el expositor hace una analogía poderosa: la demografía es como un superpetrolero; cambia lentamente, pero una vez que cambia de dirección es casi imposible detenerlo. Y la tendencia es clara: envejecimiento y reducción poblacional.
Europa, Asia y parte de América Latina enfrentan sociedades cada vez más viejas y con menos personas trabajando para sostener sistemas previsionales, sanitarios y productivos. China podría pasar de más de 1.400 millones de habitantes a solo 800 millones hacia fines de siglo. Incluso Estados Unidos comienza a mostrar señales similares debido a las restricciones migratorias.
Este fenómeno se conecta directamente con el auge del populismo. Sociedades envejecidas, frustración económica, desigualdad tecnológica y desplazamiento laboral están debilitando a los partidos tradicionales y fortaleciendo movimientos extremos. El expositor menciona el crecimiento de la extrema derecha en Europa, el fenómeno Trump-MAGA en Estados Unidos y la creciente fragmentación política de las democracias occidentales.
En este escenario, el concepto clave que propone es “resiliencia”. Ya no se trata de evitar crisis, porque las crisis serán permanentes: guerras, pandemias, sequías, terrorismo, disrupciones tecnológicas y fracturas logísticas serán parte normal del entorno global. La tarea entonces es prepararse.
Y la herramienta principal para eso es la diversificación.
Diversificar cadenas de suministro, relaciones económicas, alianzas estratégicas y riesgos financieros. Evitar dependencias excesivas de un solo país, un solo mercado o una sola tecnología.
Ese concepto lo aplica especialmente a América Latina.
La oportunidad para América Latina:
Según el expositor, la región posee una ventaja comparativa relevante: está relativamente alejada de los grandes conflictos geopolíticos del planeta. América Latina no enfrenta guerras interestatales comparables con Europa o Medio Oriente. El verdadero problema regional no son las guerras externas, sino la debilidad institucional interna: crimen organizado, narcotráfico, inseguridad y Estados incapaces de proveer servicios básicos o controlar territorios.
Por eso plantea que el gran desafío latinoamericano no es militar, sino institucional.
Y aquí aparece una oportunidad estratégica. Frente a un mundo fragmentado y cadenas globales vulnerables, Estados Unidos probablemente volverá a mirar con más interés a América Latina bajo la lógica del “friend-shoring”: acercar producción, recursos estratégicos y cadenas de suministro hacia países políticamente más cercanos y geográficamente más seguros.
El mensaje final es profundamente pragmático: los países medianos deben construir portafolios estratégicos diversificados. Mantener vínculos con Estados Unidos, desarrollar relaciones económicas con China, fortalecer integración regional y evitar dependencias excesivas.
En un mundo turbulento, la resiliencia reemplaza a la estabilidad como objetivo central.
Y probablemente esa sea la idea más importante de toda la exposición: el siglo XXI no será el siglo de la certidumbre, sino el siglo de la adaptación.